Monday, November 27, 2006

Reflexiono sobre el arraigo

En mi relación con la gente en ningún momento me he sentido ubicada. Ahora resulta que soy de una determinada generación, que sin saberlo se me atribuyen unas cualidades, unos atributos que desconozco en mí.
He tenido que mimetizar, para sobrevivir, componentes de género, de clase, de ideología, de nacionalidad, de lenguaje.
Me he resistido a muchas formas y momentos, y he cedido, mal que me pese, en otras. Ahora me encuentro en una ubicación y con una carga generacional que me define. He aprendido a estar y como el camaleón cambiar de colores para no salirme del contexto, para aparentar ajustamiento.
Al principio fue casi imposible, discrepaba y me presentaba diferente, rompedora. Llegó el tiempo de los ‘yupies’, gente guapa, eran los primeros que me dejaban atrás, que me desplazaban, y yo empezaba a ser de los de antes. Sucede que en los sesenta yo era niña, no fui de esos que salieron contra el sistema en el sesenta y ocho, yo andaba con muñecas y en el instituto empezando los estudios que después me abrirían tantas puertas a mi autonomía y libertad. No me afilié a ningún ‘ismo’. Construí un pensamiento crítico que no se alineaba ni con la tradición que de mis padres venía ni de la progresia que aquí se vivía. De las lecturas que me decían que otro pensamiento era posible, no el único que aquí se difundía aspiré a la bohemia de las vidas ajenas, la de las novelas. Cortazar, Proust, Hesse y otros autores eran mis maestros de vidas posibles. Ávida de vivir leía a ritmo frenético las novelas que me prometían libertad y discernimiento. Biografías que transcurrían en el mismo tiempo eran modelos de libertad. Los modelos que se buscan en esa edad no eran del todo claros. En muchos casos eran maestros de gran tonelaje, inalcanzables. Rechacé todo aquello que me pudiera someter al criterio de otros, quise ser dueña y señora de mis decisiones. Si me equivoqué en alguna de mis cosas a nadie le pude hacer responsable.
Muchas veces, cuando lo pienso, agradezco que vinieran bien dadas porque sino hubiera sufrido mucho. Los modelos que se me brindaban de niña no me motivaban. Nada de lo posible para una chica hubiera satisfecho mi vida.
Luché frente al padre y la madre porque ellos traían costumbres arraigadas en la tierra y yo quería volar. Volé y sin embargo controlé el vuelo. No me perdí.
Cambié de territorio. No podía enraizar allí donde quemé tanto en mi lucha contra lo tradicional. Me quedé sin arraigo. Pasajera del mundo. Llegado el momento de alteridad con mi tierra natal y con sus gentes vuelvo a ella con el cariño de la hija que reconoce sus orígenes. 
En ese deseo, de enraizar, que a veces se manifiesta adoptas la patria de acogida pero cuando profundizas en ello reconoces que también hay alteridad. Te ves de otro lugar y optas por lanzar raíces al viento. Dices de ti misma que eres árbol con raíces en el aire.

Posted by lletraferida in 18:47:04
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