Sunday, November 19, 2006

Otro otoño frío y húmedo.

Un frío que hiela, a decir de mi padre que cada día, estos últimos, me da el parte del tiempo quejándose del frío y la humedad. Él vaticina un invierno húmedo. Le teme a la humedad y al frío porque lo siente en los riñones.
Recuerdos de otro otoño lejano en mi tiempo. Seminaristas, en su paseo matutino, que nosotras inocentes y maléficas criaturas provocábamos con risas y algún que otro apelativo. Jugábamos con pelota, siempre había alguna, al balón prisionero y mirábamos quietas el paso de esos gallardos muchachos sacándoles los colores con nuestro atrevimiento y descaro. Un grupo de niñas de diez u once años. Nos resultaba morboso el grupo que en orden se desplazaba, no entendíamos que fueran destinados al celibato, palabra que sonaba rara a nuestro entendimiento y que no cobró significado hasta bien entrados los años. El suelo alfombrado por las hojas de los árboles, tonalidades ocres, crepitar de hojas secas a nuestro paso y correteos. El banco azul, más allá de la estación de tren, uno de los límites de la ciudad.
Unos once años, memoria permanente pues cuando regresé a casa la tristeza llenaba el vacío profundo. Mi abuelo había muerto. Se esperaba esa muerte precedida por los lamentos del abuelo hospitalizado en los últimos días postrado en su dolor y agonía oculta a los ojos y oídos de los niños, mi hermano, mis primos y yo. Pequeños retazos de palabras que repetían de su dolor y lamentos. Mi madre cada día le llevaba su caldo y flan hecho de huevo al baño maría. Mi madre llegó a todos, siempre dispuesta a tener los mayores cuidados, era el padre de su marido y sin embargo asumió la responsabilidad sin que nadie se lo pidiera. Las monjas del hospital le comentaban que el abuelo sólo quería que ella le cuidara. La hermana de mi padre, su hija, era rechazada porque no tenía la paciencia y cuidado que su nuera le dedicaba.
Fue un golpe de conciencia ver al abuelo en la cama de mi hermano, amortajado, y la casa llena de gente en aquellas sillas que los vecinos trajeran para poder acompañar en el velatorio. Una mosca de amarillento vuelo fue aleteo que se llevo a mi abuelo. Vi el insecto y se unió a ese olor a muerto, a ese tacto que te recorre todo el cuerpo.
Café y galletas, vino y galletas, no se paraba de hablar, cada uno de sus muertos y anecdotas de otros tiempos.
En los primeros momentos de la enfermedad el abuelo estaba con nosotros. Mi madre con delicadeza le ponía todo lo que necesitaba evitando que nosotros usáramos los mismos objetos. No se sabía bien de que padecía. Se vendieron las tierras, campos, viñas y olivares. La casa que era de adobe, en la que naciera mi padre, y todo aquello que pudiera ser vendible para que fuera a Madrid a que los médicos pudieran estudiar su caso y mirar de curarle. Las propiedades eran de los hijos pues la mujer era quien había recibido herencias. Los hijos dieron su consentimiento para las ventas. Con el dinero en mano y los planes a punto el abuelo se cerró en banda. No quería marchar a morirse fuera de casa, no quería irse de Aragón su patria.
Hoy mi madre me ha traído el recuerdo de ese día. Hablábamos de seminaristas y otoño, se lo he dicho pero ella no me ha hecho mucho caso. Huye, sé que gira y lo mira de soslayo.
 
 

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Wednesday, November 15, 2006

De cómo se vuela sin alas

Que se lo cuenten a ella que de tanto barro en los pies alas le vuelan al viento y sin querer.

Recuerdo a esa mujer viuda apagada y sin vida. No era por falta de hombre. Tranquila de no estar a su orden. Era el vacío que queda cuando alguien que oprimía suelta cuerda. Al principio no se sabe que hacer con ella, el cabo queda suelto y nadie tira de ti. Murió el verdugo. Son más las viudas, a pesar de machacadas les sobreviven en muchos casos.

Hoy la veo rejuvenecida. Se apunta a todos los bailes y fiestas. Tiene su grupo de amigas. Ha cerrado las puertas al campo y se ha ido a la ciudad. La gente, que desconoce, dice de ella “Pobrecita”. Ella se lamenta y dice “Que Dios le tenga en lo alto y nos espere muchos años”

Meriendas en la Granja Anita, chocolate con nata y churros. Del colesterol, con la pastilla, ni preocuparse. Ha dejado el luto de rigor y viste nuevo traje. Mira a su alrededor y nada le parece mal. Se alegra por la juventud que ve que tiene libertad. Que critican a fulana que se ha alejado de casa ella dice por lo bajo “Por algo será, si lo ha hecho muy bien hecho”. Piensa para sus adentros “Si yo hablara, pero no hablo, ya vale de amarguras que para una vida que tienes mejor sacarle jugo”. Ríe y goza y en la noche de él ni se acuerda y duerme a pierna suelta. se apunta a todos los viajes y el ‘aquagim’ que la deja como una rosa. Se arregla y se enjoya. Dicen que los culebrones son comecocos, “No te ralles”, que dicen los más jóvenes. Se lo pasa en grande siguiendo los melodramas. Y el diario de Patricia es para pasárselo en grande. Que le han de contar a ella. Mucho más divertido que los tostones de antes. De labores ni hablarlo, ya las hizo antes. Se ha juntado en el rincón net de Ibercaja con una cuadrilla de gente, jóvenes y menos jóvenes. Le han enseñado a navegar por la web y se lo pasa en grande, sobretodo con el chat. Unos ligoteos que no veas y sin tocarse que da más juego y disfrute. Arrimarse, ya no hay necesidad.

 

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Del que digan tanto da.

Murió el esposo y tú viuda. Liberaste de cadenas. Los años que por delante te permitan recobrar.

Las jóvenes de hoy en día eligen a quién les va y si se equivocan son ellas y nadie más.
Que tú tenías posibles de ser madre y esposa y si así no hubiera sido en la casa de tiona.
Los tiones eran solteros que aportaban su trabajo a los afanes solariegos.
Las tionas se cuidaban de hijos de ‘otri’, tu decías, que para lavar y fregar, cazolear y remendar mejor de casa tuya.
Entraste a casa del hombre casa que todo ha de tener. Desvalijada la hallaste, menos mal que tu llevaste aquello que había de ser.
Ropas de casa y dormitorio.
Cogiste un buen marido. Cuidado que aprendiste pronto, en cabeza ajena, que la contraria no era posible llevar al hombre de la casa. Agachabas la cabeza y a todo ‘Amén’.
Las labores de la casa apagaban deseos y sueños.
De día amanecía temprano y tareas a destajo. La noche llegaba con hora y justo para rehacerse de cansancios y de nuevo a empezar la rueda, pesada como piedra de molino.
Abrirse de piernas y dejarse hacer. Que la mujer no debe manifestar placer.
Las jóvenes de hoy en día que distinto menester. Qué voz tan alta levantan y reclaman su parcela. Tú sabías que callando, así, cada noche y cada día.
El orgullo de hacer lo que toca y a tiempo. La casa como una patena, a decir de la madre.
La mujer que haga gozo, bien escoscada y ‘ojo’, que descarada no ha de ser. Descarada es quien habla dando opinión que no toca. La que dice ‘peros’ y ‘ayes’. De nada hay que quejarse.
Los hijos bienvenidos, recibidos, han de ser. No cuestionas si así lo deseas. Toca ser útil y dejar nueva sangre para cuando en la ancianidad ellos se hagan cargo de ti.
Los hijos para el marido, que se cuiden de las tierras y el ganado, más brazos para trabajar.
Las hijas para cuidarse de seguir la senda que tu puedas marcar.
Son futuro y continuidad.
No quieres ser mujer seca, de las que no son capaces de dar hijos.
No quieres sentirte inútil. Que nadie ponga en duda la ‘hombría’ de tu hombre.
La suegra gobierna en todo y tú ‘Amén’.
Cuesta tenerla contenta, recelosa de ti, no da oportunidad.
Los años van coronando, con espinas.
Cuando toca cuidarse de ellos todos cuentan con tu habilidad.
A nadie le importa que sientas un profundo dolor que te ahoga.
A nadie, pues como humilde mujer has de aceptar lo que te toca.
Exigencias y reproches.
Empiezas a perder gracia y ves como miradas furtivas de tu hombre se dirigen hacía otras.
Palabras mínimas, las justas.
Sola te sientes, entre extraños.
No te ubicas ni en pasado.
Que mal hiciste para contar tan poco.
Se pone en duda tu honra.
Honra que nadie ha cuidado.
Objeto de agravio y reniego.
Solos en la casa. Tu marido ocupado salió al monte a apacentar el ganado y tu suegro sobrado de fuerzas arrimose en la cadiera. Voluntad, qué voluntad podía frenar el embiste. Lágrimas silenciosas, consintiendo. Fue brutal. “‘Chitón”, dijo tu suegro. Muchas veces sucedió. Como un perro.
Triste soledad y culpa. De que mal se me condena si no me es posible decir que no ni que sí.
Esos hijos que has tenido, ellos solos han venido. Que de quien, pues mire usted, señor cura, sólo míos.
El cura se santiguaba y decía “¡Ave María!”.
Condenada por ser tentación para los hombres María se persignaba.
Al final desiste de abrir su pecho. Se lo guarda y no lo cuenta. Con el tiempo ni lo nota.
Pasados los años su suegro chochea y su marido se muere. María deja al abuelo en una Residencia y se lanza a bailes y viajes, de los del Inserso.
Poco a poco remoza y gana en lozanía. A los hombres que la cortejan poco caso les hace.
María se despierta día a día y decide dar rumbo a su vida. Inventa cada nuevo día.
Los hijos casados y ella sola se ha quedado. Vende tierras, casa y ganado. Toda la hacienda le ha dado para bien bailarlo.

DEDICADO A LAS MUJERES QUE ME HAN DEJADO RASTROS DE ESPERANZA

Anna, 13 de noviembre de 2006

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Monday, November 13, 2006

La sospecha / falta de confianza.

Era niña y soñó.
Era moza y soñó.
Era esposa y murió.
Es anciana y renació.

La niña creída estaba de que heredaba la tierra.
La moza fue convencida de tener oportunidades.
El esposo cortó tus alas.
La madre negó el retorno.
‘El que dirán’, decía.
Precio que tu habías de pagar.
Murió el esposo y tú viuda.
Liberaste de cadenas.
Del que digan tanto da.
Los años que por delante
te permitan recobrar.
Ilusiones de poeta.
Alma libre y volandera.
Que para saber de ellos
con uno tan sólo vale.

 

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Sunday, November 12, 2006

La sospecha

En ese rincón, al resguardo del aire, están las mujeres con las sábanas sobre sus rodillas. Unas zurciendo otras echando nuevos piazos sobre los desgarrones de la tela envejecida por tantos restregones en los muchos lavados. Son tiempos de pobreza y para la cama apenas seis juegos de sábanas de una plega que se está quedando en nada con el correr de los años. La plega era la ropa de casa que recibía la novia antes de la boda: sábanas, manteles y servilletas, cobertores, toallas, camisas de dormir,… Mucha de esa ropa la andaban cosiendo desde muy niñas, empezando por trabajos sencillos hasta llegar a elaborados bordados. Una máquina de coser, en aquellos tiempos, era una gran herencia para una mujer. Ellas tenían que apañarse con los pocos recursos y las muchas habilidades e imaginación  que les tocaba desarrollar.
María se acerca al grupo de mujeres y estas dejan ese cuchicheo que desde lejos se sentía. Se miran unas a otras y no dicen nada, con un gesto mínimo saludan a la recién llegada. Un silencio que rasga el aire incomoda a María que no sabe a qué atenerse.
De nuevo surge tema y se recobra el alboroto habitual en el grupo. María despliega de su canasto los trapos que trae para apañar. Unos calzoncillos que necesitan un recosido por los dobladillos, unos calcetines agujereados, ropas de hombre.
“Y el abuelo, ¿qué tal?” Preguntan las mujeres. Una sonrisa por lo bajo recorre el grupo.

María vive con su marido y el padre de éste. La abuela había muerto en los primeros meses de su matrimonio y Juan, su marido le pidió que se hiciera cargo del abuelo. María no tuvo dudas, era de educación tradicional y consideraba que tenía ciertas obligaciones con su marido y su familia.
El abuelo era bravo y de muy mal carácter, María lo llevaba con paciencia.
Las malas lenguas, que siempre las hay, quisieron hacer leña de lo que no hay. Que si el abuelo era aún un hombre y con sus necesidades. Que a saber si ella era mujer para él. Nada de todo esto se llegó a saber en la casa de Juan y María. En este momento una incipiente barriga indicaba que ella estaba de buena esperanza y todas las miradas se centraban en aquella casa.

Ya María está de avanzado embarazo. Vuelve Juan del trabajo mohíno y silencioso. María, como en otras ocasiones, no dice nada. Los tres están sentados a la mesa a punto de empezar a comer. María sirve del puchero primero al abuelo y después a Juan. Ella llena, también, su plato y empieza a tomar la sopa que humea. Juan no come de su plato, el abuelo y María se dan cuenta al cabo de un rato pero no dicen nada. Juan se levanta con gesto brusco y sale como en estampida dando un portazo. El abuelo sigue comiendo y repite cogiendo el plato de Juan. María sigue sirviendo el resto al abuelo y con tristeza recoge las cosas de la mesa y lava platos y pucheros. El abuelo enciende un caliqueño y se relaja al calor de la lumbre.
No hay conversación entre ellos. El abuelo es adusto y amigo de pocas palabras.

Pasa el día y en la noche en una escena similar, en la cena, Juan mira a María y al abuelo y dice: “Padre…” Quedando en suspenso una frase que no termina. El abuelo le mira y no dice nada. Allí queda todo, nadie dice nada y las cosas suceden como en el día a día. Los tres a la mesa cenando y en silencio, el ambiente es frío y parece que una sombra de ira presagia tormenta.
En la cama Juan mira a María y parece que algo quiere decirle, pero calla y se da la vuelta, al poco parece que duerme. Ambos están silenciosos pero no duermen, ella porque lo nota y él porque algo le corroe.
Su hermano, Mario, le ha venido con el cuento que está en boca de todo el pueblo. Que si el abuelo, que si María. No puede con ello. Se han enganchado con su hermano, negándolo todo y defendiendo su honra pero en el fondo se siente angustiado y la sospecha le corroe.
 

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Saturday, November 11, 2006

Pequeñas dádivas que el amo te va dando para que aguantes.

¿Cómo es posible que creas que te encuentras ante la luz, si apenas intuyes lo que se encuentra a tres palmos de tus narices?
Acaso creíste que te ibas a ir de rositas, para nada pimpollo.
Conque estas tenemos, hasta cuando piensas soportar la oclusión a que te ves abocada.
Si te fueras ocultando se te vería el plumero.
Ni te creas, ni lo pienses, nada será como lo planificaste.
Aunque creas que todo está controlado no es así, todo queda sujeto a la arbitrariedad.
Algo está cegando. Los propósitos e intenciones quedan al descubierto para que aparentemente todo sea visible. Es una forma de ocultamiento.

Sucede que tiran de ti y te dejas llevar por la ola. Quemas el último arredro que tenías y al salir quedas vacía, sin contenido. Han secado tu alma con torcidas palabras. Aparentemente no sucede nada. Te ocultas cual víctima dañada. Perdiste los estribos y en ello perdiste el combate, te ganaron la partida. Descuida que es posible que la marea crezca y aumente tu culpa. Sí culpable frente a los otros por no callar y no hacer ver que todo va bien.
El precio es alto. Pago el diezmo a mi amo. Creíste que ya no hay amos, te equivocas.

Por qué cada mañana te alerta la alarma y das esos pasos que te llevan lo quieras o no.

Por qué esperas que la semana te lleve al sábado y domingo para disfrutarlos.

Y los días festivos y vacacionales. Pequeñas dádivas que el amo te va dando para que aguantes.

Ya cuando, como un guiñapo, te sientas sin fuerzas y aún puedas seguir algún paso podrás creer que muchos proyectos se harán realidad. La vida de golpe te dará el bandazo y perderás toda posibilidad.
Lo vi en tus ojos pero yo era joven y no recogí el mensaje. Pues que te has creído que éramos libres. Mentiras y engaños. Sobrados de fuerza nos paran el paso. Correas agarran los cuerpos que tiran de uno y otro carro.

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Sunday, November 5, 2006

Se sale, de todo se sale.

ROMPE TUS CADENAS
La cárcel del alma es la mayor de las prisiones.
Hubo un tiempo en que el miedo se apoderó de ella.
En ese tiempo las palabras se ocultaron, los silencios eran como un mazo persistente que nada podía evitarlo.
La noche era larga.
El día interminable.
El tiempo suspendido parecía congelado en el aire.
Nada entraba por su ventana, ni la brisa ni el aire.
Nada entraba por sus sentidos.
Un nudo en el estómago, un ahogo indescifrable.
Salir fue el camino que no se sabe.
Una mano tendida tirando de ella.
En ese pozo oscuro siempre atrapada.
‘Por este mundo camino,
y a esta tierra estoy sujeta.
Espero la hora y el día,
en que el camino se acabe,
y la tierra me trague.’

 

MARTILLABA EN SU CABEZA

Se sale, de todo se sale.
Hubo un tiempo en que la ansiedad impedía dar paso a la esperanza.
Se sufre mucho, y parece que no hay salida.
Te sientes incapaz de cualquier acto comunicativo y optas por dejarte llevar, ‘como la caña del junco llevada con la arena en una duna’. Si opones resistencia te fracturas.
Nadie veía que estabas en una cárcel. Te aíslas, piensan que no quieres; pero lo que realmente sucede es que no puedes.
El peor camino es el de los ‘potingues’, solo impiden que cierres la puerta y te largues. Los tomas y descubres que te has convertido en una autómata.
Debes hacer frente y tomar esta batalla como la mayor de las batallas, debes salvarte, debes luchar por tí y curar tus heridas.
Las cosas mínimas serán el camino.
Vigilancia de tus actos, no sea que te metas en algo, que te metas algo.
Y cada pequeño triunfo, aunque sea nimio, valorarlo/sobrevalorarlo; te hará más fuerte.
Esa cárcel la construyes tú pero no la controlas, puede ahogarte.

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Saturday, November 4, 2006

La naturaleza humana es bien extraña.

La fuente de las discordia procede de este comentario:

“No pretendo ser arrogante. Entré con sorpresa de que estuvieras en la primera posición. Te leo buscandole el qué, no lo veo. Si que eres conceptista pero seco. Con el alcohol se seca el hígado. Con el alcohol lo que queda es dormirla. No me rasgo vestiduras, yo he vivido. No soy ninguna niña. He pasado por el negro y no se ajusta a tu texto si es eso lo pretendido. Me parece pretencioso. Puede ser que tengas tu corte y te aplaudan. Si te ciega el éxito no superaras tus metas.”

Alguien se tomó la libertad y invadió mi correo personal con una reprimenda y aviso de exclusión.

“…me parece que tu valoración no es hacia el relato como debiera ser…si no hacia el autor…”

Aquí el equívoco. No me expresé correctamente y eso me corroe las entrañas. Metí la pezuña y bien adentro.

 


Entre lo que es y lo que parece hay un filo afilado que corta.

Cuando leí aquel texto algo mio se interpuso  me proyecté sobre él. En ningún momento hubo aquella intencionalidad contra el escritor. La aversión se oriento hacia el contenido focalizando una de las imágenes que en mi mente cobró dimensión fantasmagórica que como fantasma me acompaña aniquilando mi vuelo. 


 

No sabes quedarte detrás de los hechos, lo escampas.

Vuelves al lugar del delito y hasta que eso no deja de inquietar tu alma dará más y más rodeos.


Era la virtualidad y sin embargo también en este caso metiste la pata. Cuando la sueltas, cuando lo dices, no sabes realmente las consecuencias que arrastrarás.


Muchas veces tienes la sensación de haber dejado ir una piedra por la costanilla y ésta se ha convertido en roca. Otras, que herir susceptibilidades es realmente imprevisible.


Nunca tuviste mucho gancho desde la profundidad.

Entras bien si te ocultas, no dejando ver profundidades.

Luz y sombra que construyen tus facetas diamantinas.

Diamante en bruto que se pule.

La esencia a nadie interesa.

Las partes quieren ganar baza y se confabulan para ello.

A veces el paisaje humano es desolador.

El Abismo y el Averno se convierten en tu morada.

 


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