Relato
Aquella mañana daba vueltas sobre las sábanas húmedas por el sudor. No era a causa del calor, que no lo hacía, sino del miedo que trajo de aquel sueño que rondaba por su mente a lo largo de los pasos que durante el día dio.
Era mujer joven y sin embargo se había visto arrugada en sueños. Había pasado su mano por la cabellera que le iba dejando sus blancos cabellos en la mano. El tacto le indicaba que su piel era áspera. Los espejos que a su paso encontraba no reflejaban nada, eran negros espejos que la miraban.
Notaba un sabor que al reconocerlo supo se parecía al que a veces se tiene cuando te sangra una muela y ese olor propio.
Era ella la que en la noche había succionado el líquido elemento que ahora reconocía.
Disipo toda sospecha diciéndose que se trataba de un sueño perverso que se adueñaba de ella y la inquietaba. Prefirió mirar las miradas ajenas sin escuchar las sospechas que de dentro le advertían de algo que ella eludía.
Entró en el metro y se dejó arrastrar por la corriente continua que lleva a unos y otros de una parte a otra de la ciudad. Seguía latiendo en la pituitaria ese olor pegajoso y apelmazado. No había disimulo. Su olfato sabía más que cualquier otro sentido.
Advirtió que la piel blanca de algún que otro transeúnte atraía su mirada y palpitaba en ella un deseo confuso.
-Hincarle el diente.
Se sintió decir para sus adentros.
No le apetecía tomar ese café que compañeros de trabajo le ofrecían. Su obsesión se centraba en rojo elemento.
En un momento que se encontró pensativa reconoció imágenes de ese sueño y se dijo que sólo era un sueño, que debía parar de pensar en él.
A la hora de salir volvió a encontrarse son la riada de gente que arrastrada se movía en el metro. En ese momento hubo alguien que la miró de frente y se sintió desnuda. Un gesto sutil de la comisura de los labios le decía que sabía.
Tembló al sentirse reconocida. Retiró su mirada y precipitada bajó en la estación a la que llegaba el metro en ese momento. Ese alguien también bajó. Se sintió perdida.
Salió del andén y con paso precipitado se adentró por los pasillos huyendo de aquel que la seguía en todo momento. Quiso mirar los letreros para saber dónde se encontraba pero la zozobra le nubló la vista.
Ahora recordaba ese era el sueño del que en la mañana despertara. Recordó los ojos que la miraran. Supo que era el encuentro. De él no se zafaba. Le atraía con desmesura. Esperaba el momento en que como presa él le diera caza. Le necesitaba.
Él la seguía por aquellos pasadizos. Ella sabía. Quería. Deseaba ser dada alcance, pero se resistía para excitar su deseo. Cuando sintió su aliento en la nuca supo que se convertía en hembra, que él la excitaba. Sabía que debía seguir el juego de ser abordada y tomada. Si hubiera seguido otro movimiento ni a él ni a ella les hubiera servido. Era el proceso por el que el sexo se abría camino.
Jugó en escapadas y paradas para hacerse presa difícil.
Cuando parecía que le daba alcance huía de manera desaforada como si realmente le importara.
Al fin era tanto el deseo que sus sentidos sobreexcitados ya no atendían a otro instinto que el de dejarse tomar y embestir por la daga que dilatada veía aflorar.
Se paró y esperó ser tomada. Él llegó y la miró. Buscó en su mirada la aceptación, la sumisión de la hembra. Supo que se prestaba y daba. Todo lo que ocurrió fue un alarido de placer, acoplamiento de dos.
Se abrazó a él subiéndose a su cintura, encajando su cuerpo en un abrazo, admitiendo el miembro que excitado se alzó como su único dueño y señor. Le amó.
En ese instante supo que le amaba que sería suya para siempre porque no fue su cuerpo el que se entregó sino su alma.
Le mordió el cuello y sorbió una gota de su sangre. Quemaba al arrastrarse por sus entrañas, haciendo que cada uno de sus miembros cobrara vida sobrehumana.
Fue ella la que bebió su sangre. Él tanto deseó embestirla que la penetraba mientras ella bebía.
La apartó y la miró de nuevo. La deseaba. ¡Cómo la deseaba!
Nunca en otros encuentros había sentido que el instinto animal fuera tan acuciante. Siempre había sido él que succionando la sangre de su víctima aplacara su sed. Sin embargo ella era distinta. Era ella la esperada a lo largo de siglos de soledad. Ahora la tenía. Para siempre. La tenía. Supo que nunca se alejaría de su lado, que con ella seguiría.
Atrajo hacía sí la estaca y certera se insertó en ella.
El amor no aguanta dos asaltos y eso ella lo sabía.
Había bebido su sangre porque era la manera de llegar a las mismas entrañas, pero no quería la eternidad. La eternidad no da amor eterno. El amor es de un sólo momento.
No cabía en su asombro. La había encontrado y se esfumaba en el momento que creía la tendría siempre a su lado.
Tembló, pero cogiendo la misma estaca se encajó y mirándola a los ojos decía que la amaba.
El tiempo se quebró.
Un alarido lejano rompió el silencio.
Humo, polvo enamorado. Eterno descanso.