Lisa
Merk vio llegar a la muchacha.
-¡Hola, Lisa! – gritó.
Ruth miró a uno y otro lado, sorprendida.
No había nadie más que ella.
-¿Es a mí? – preguntó mirando a su alrededor.
-¡Qué cosas tienes, Lisa! – respondió la anciana.
-¡A quien sino! – le dijo dibujando una amplia sonrisa.
- Pero… Yo no soy esa que usted dice. ¡Yo soy Ruth! – le replicó mientras Merk la tomaba del brazo y encaminaba hacia la entrada de una casa rodeada por una valla blanca recién pintada.
Ruth vio ante la puerta a una anciana que con dulzura le extendía los brazos requiriéndola para darle un beso.
Se agachó y respondió con amabilidad, besando en las dos mejillas a la extraña que parecía reconocerla.
Camila miró a Merk diciéndole -No…-, sin terminar su frase, al observar el gesto que su amiga hacía requiriendo que guardara silencio.