Saturday, September 22, 2007

Otro día será

-¡Vamos!

-Yo me quedo un rato por aquí si te parece.

-Mira que tendrás que volver andando.

-No me importa, podéis marchar tranquilas que yo ya volveré.

Había decidido quedarse a su aire. Estar tantas horas con el grupo la tensaba. Necesitaba escuchar sus propios pensamientos y sentir la Naturaleza a su alrededor sin las interferencias de las conversaciones del grupo.

-Ya se van. ¡Qué alivio!

Pensó con la satisfacción de haber conseguido hacer un paréntesis.

-Tantas vueltas y revueltas para bajar me han mareado.

-Aunque sea penoso subir, lo haré poco a poco y me entretendré y disfrutaré con los pequeños detalles que me gusta observar.

-Esas mariposas están muriendo. Terminan su ciclo vital.

Piensa observando unas mariposas blancas de gran tamaño.

-Su verdadero momento en la vida es el de gusano. Se lo pasan comiendo sin parar. Planta que cogen, planta que aniquilan.

-La mariposa fugaz vive la gloria de la sexualidad.

-Lo mismo que mis encuentros.

-Siempre fugaces.

-Después si te he visto no me acuerdo o amigos de los que poco tienen por descubrirse.

-En fin, un aburrimiento.

-Me recreo en mí misma.

Es estos pensamientos estaba sin percatarse de que no estaba sola.

-¿Qué piensas?

Oyó a sus espaldas asustándose por lo inesperado del encuentro.

-Creí que te habías ido con ellas.

-No tenía ganas de cháchara.

Le contestó con un guiño cómplice.

-¡Vaya, mi gozo en un pozo! ¿Ahora que hago?

-Apechugar.

-Otro día será.

Pensó emprendiendo el camino de vuelta perdiendo la motivación primera y sintiendo que le pesaban las piernas.

-Menudo repecho nos queda.

Dijo, queriendo entablar conversación.

La otra ni siquiera contestó.


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Wednesday, August 8, 2007

Imagina que…

Imagina que

 

Hoy has salido de casa temprano y en el camino te has cruzado con él. Te ha mirado, pero no te ha saludado porque nadie os ha presentado. Has tenido ese impulso que casi te ha llevado a decirle hola, pero te has contenido y al pasar de largo te has arrepentido. Hubieras dado cualquier cosa por volver a coincidir. Vuelves para tentar tu suerte, pero no está, se fue en otra dirección. No siempre te encuentras frente a frente y en ese caso hubo una razón que debiste obviar. Si tienes otra oportunidad buscarás la manera de poderle hablar.

 

Que mañana volverás a salir a la misma hora y pasarás por los mismos pasos para buscar una segunda oportunidad.

 

-Ella me ha mirado y me hubiera gustado decirle que sus ojos reflejan el cielo de su alma.

-Parece que quería hablarme y yo torpe no le he dado facilidades.

-Mañana volveré a pasar por el mismo lugar y a la misma hora para ver si puedo coincidir con ella.

-Lo he de lograr.

-Es ella y no puedo descuidarme.

 

Suena el despertador y lo apagas de un manotazo. No es hora y te das la vuelta. Lo tienes programado para que suene dentro de media hora. Suena de nuevo, ahora sí que pones los pies en el suelo. De pronto recuerdas que ayer saliste antes y por eso te encontraste con ella. Te precipitas para ganar tiempo. Apenas unos minutos y ya estás en la calle, sales corriendo, te cruzas con alguien que cae y tú casi. Es ella. Te mira con sorpresa y te dice: -¡Hola! No caes en la cuenta, no la reconoces, buscas ese reflejo en los ojos, ese atisbo de infinito que ayer se cruzó en tu camino. Titubeas y respondes: -Lo siento, ¿te has hecho daño? Ella titubea y temblando se entrega a tus brazos para que la ayudes a incorporarse del suelo. Tú la atiendes sin apercibirte de ese temblor que de su alma sale.

 

Tu corazón acelerado parece que te salta del pecho. Es él quien se ha cruzado contigo.

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Monday, August 6, 2007

Relato

Aquella mañana daba vueltas sobre las sábanas húmedas por el sudor. No era a causa del calor, que no lo hacía, sino del miedo que trajo de aquel sueño que rondaba por su mente a lo largo de los pasos que durante el día dio.

Era mujer joven y sin embargo se había visto arrugada en sueños. Había pasado su mano por la cabellera que le iba dejando sus blancos cabellos en la mano. El tacto le indicaba que su piel era áspera. Los espejos que a su paso encontraba no reflejaban nada, eran negros espejos que la miraban.

Notaba un sabor que al reconocerlo supo se parecía al que a veces se tiene cuando te sangra una muela y ese olor propio.

Era ella la que en la noche había succionado el líquido elemento que ahora reconocía.

Disipo toda sospecha diciéndose que se trataba de un sueño perverso que se adueñaba de ella y la inquietaba. Prefirió mirar las miradas ajenas sin escuchar las sospechas que de dentro le advertían de algo que ella eludía.

Entró en el metro y se dejó arrastrar por la corriente continua que lleva a unos y otros de una parte a otra de la ciudad. Seguía latiendo en la pituitaria ese olor pegajoso y apelmazado. No había disimulo. Su olfato sabía más que cualquier otro sentido.

 

Advirtió que la piel blanca de algún que otro transeúnte atraía su mirada y palpitaba en ella un deseo confuso.

-Hincarle el diente.

Se sintió decir para sus adentros.

No le apetecía tomar ese café que compañeros de trabajo le ofrecían. Su obsesión se centraba en rojo elemento.

En un momento que se encontró pensativa reconoció imágenes de ese sueño y se dijo que sólo era un sueño, que debía parar de pensar en él.

A la hora de salir volvió a encontrarse son la riada de gente que arrastrada se movía en el metro. En ese momento hubo alguien que la miró de frente y se sintió desnuda. Un gesto sutil de la comisura de los labios le decía que sabía.

Tembló al sentirse reconocida. Retiró su mirada y precipitada bajó en la estación a la que llegaba el metro en ese momento. Ese alguien también bajó. Se sintió perdida.

Salió del andén y con paso precipitado se adentró por los pasillos huyendo de aquel que la seguía en todo momento. Quiso mirar los letreros para saber dónde se encontraba pero la zozobra le nubló la vista.

Ahora recordaba ese era el sueño del que en la mañana despertara. Recordó los ojos que la miraran. Supo que era el encuentro. De él no se zafaba. Le atraía con desmesura. Esperaba el momento en que como presa él le diera caza. Le necesitaba.

Él la seguía por aquellos pasadizos. Ella sabía. Quería. Deseaba ser dada alcance, pero se resistía para excitar su deseo. Cuando sintió su aliento en la nuca supo que se convertía en hembra, que él la excitaba. Sabía que debía seguir el juego de ser abordada y tomada. Si hubiera seguido otro movimiento ni a él ni a ella les hubiera servido. Era el proceso por el que el sexo se abría camino.

Jugó en escapadas y paradas para hacerse presa difícil.

Cuando parecía que le daba alcance huía de manera desaforada como si realmente le importara.

Al fin era tanto el deseo que sus sentidos sobreexcitados ya no atendían a otro instinto que el de dejarse tomar y embestir por la daga que dilatada veía aflorar.

Se paró y esperó ser tomada. Él llegó y la miró. Buscó en su mirada la aceptación, la sumisión de la hembra. Supo que se prestaba y daba. Todo lo que ocurrió fue un alarido de placer, acoplamiento de dos.

Se abrazó a él subiéndose a su cintura, encajando su cuerpo en un abrazo, admitiendo el miembro que excitado se alzó como su único dueño y señor. Le amó.

En ese instante supo que le amaba que sería suya para siempre porque no fue su cuerpo el que se entregó sino su alma.

Le mordió el cuello y sorbió una gota de su sangre. Quemaba al arrastrarse por sus entrañas, haciendo que cada uno de sus miembros cobrara vida sobrehumana.

Fue ella la que bebió su sangre. Él tanto deseó embestirla que la penetraba mientras ella bebía.

La apartó y la miró de nuevo. La deseaba. ¡Cómo la deseaba!

Nunca en otros encuentros había sentido que el instinto animal fuera tan acuciante. Siempre había sido él que succionando la sangre de su víctima aplacara su sed. Sin embargo ella era distinta. Era ella la esperada a lo largo de siglos de soledad. Ahora la tenía. Para siempre. La tenía. Supo que nunca se alejaría de su lado, que con ella seguiría.

Atrajo hacía sí la estaca y certera se insertó en ella.

El amor no aguanta dos asaltos y eso ella lo sabía.

Había bebido su sangre porque era la manera de llegar a las mismas entrañas, pero no quería la eternidad. La eternidad no da amor eterno. El amor es de un sólo momento.

No cabía en su asombro. La había encontrado y se esfumaba en el momento que creía la tendría siempre a su lado.

Tembló, pero cogiendo la misma estaca se encajó y mirándola a los ojos decía que la amaba.

El tiempo se quebró.

Un alarido lejano rompió el silencio.

Humo, polvo enamorado. Eterno descanso.

 

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Sunday, January 7, 2007

Apátrida, perdida. El vacío, la nada.

A este mundo mirando desigualdad que te duele. La ciudad se cree el escaparate que ve. Si miras, ves. ¿Qué ves?
Ese niño en un bar.
Esa madre que entretiene el juego de seducción y descuida al chaval.
-Señorita, gracias
-Señora me hace mayor.
Dice ella.
Miras a ese niño que se mueve buscando atención.
Una mujer mayor, quizás no tanto. El alcohol y la soledad envejecen prematuramente, queman. No para de vocear buscando la atención de quien sea. Que si tal o cual música, todo le va.
Intentando tener vuestro momento. No se puede. Los estímulos te pueden. Te preguntas si es un antro. Ella adivina y dice que son las fechas, que hay gente que no sabe beber. No te convences. Sales escocida. Ese tío que se mueve en la barra y te sientes confundida, agredida, con su gesto. Ella media y rompe hielo. No te puede o quizás no lo sientes igual.
Antes, en la espera. Ella tenía que llegar y ansiosa esperabas en el andén como un pasmarote, quieta y de bajón.
Una mujer llegó y dijo, sin dar pie a decir que no, que dejaba sus bolsas para ir a por su billete. Allí las dejó y quedaste desconcertada sin saber bien si moverte o esperar. Esperaste. Comentaste, con inquietud, que no había cuidado, que nadie tocaría nada. Fue suficiente para que ella delegara te dejara al cuidado de sus cosas, así sin más. Entretanto te preguntas si es así su natural, que esa gente está acostumbrada a tratar de tú a tú y que aquí es lo normal. Sin embargo te incomoda.
Vuelve ella y acortando distancias se aproxima, no lo aceptas y te mueves a la espera de la llegada de tu amiga. Educada y con una amabilidad postiza sigues esa conversación forzada hasta que consigues marcar las distancias. Captas su mirada y su cotejo. Te sientes medida, ponderada. Reconoces que tu atuendo te distancia. Se rompe el contacto. Piensas sobre ello. No te gusta que te devuelva lo que no quieres pero has de asumir.
Puedes creer que no hay barreras, las hay. Se hace patente que tu porte y maneras te colocan en un estadio, clase media. Atributos que te asemejan a unos y te distancian de otros.

Volvisteis a salir por la noche y casualmente os encontrasteis con la amiga. No es casual. La decisión de salir y las vueltas dadas os llevaron al encuentro.
Al fin en uno de los garitos os sentasteis y hablasteis largo y tendido. Saltaron goznes de los que ella siempre contuvo.
La otredad de nuevo se hizo presencia. Esa mirada tuya de estar y no estar. Ese vagar por los aires. Ese captar y notar.
Ellas hablaban seguías sus meandros y observabas y te observabas. Ese es el espíritu que acompaña tu paso. Recibías las miradas y te sabías extraña, extranjera en tu propia tierra. Apátrida, perdida. El vacío, la nada.

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Tuesday, November 28, 2006

En la cola del supermercado

Con los dedos huesudos ennegrecidos por el tiempo buscaba de la raida cartera unas monedas. La cajera esperaba pacientemente al anciano que mirando desconfiado las sacaba una a una.
- Faltan dos céntimos.
Él hurgaba en el bolsillo izquierdo de su pantalón de pana marrón y sacaba las cosas que contenía poniéndolas sobre el espacio dónde se colocan las cosas antes de pasar por caja, la cinta que se pone en movimiento arrastrando todo aquello que ponemos para que quien está en la caja pueda andar pasándolo por el lector del código de barras. La gente miraba con esa cara de asco que muchas veces ponemos por falta de tacto. Sacó un pañuelo de tela blanco sucio y arrugado y el mohín de la gente fue como un estertor.
- No, no las encuentro.
El anciano quedó desconcertado y desorientado mirando a todos los lados.
Nadie reaccionaba a su favor. Nadie se inmutaba. Todo el mundo con cara de póquer.
Buscando y rebuscando en todos los recovecos posibles. Angustiado con gesto de no poder hacer nada, abriendo los palmas de las manos hacia fuera y subiendo de hombros. Gesto lastimero que no movilizaba a nadie.
La gente con sus carros llenos se inquietaba en la espera. La cajera mirando al fondo veía que se le acumulaba el trabajo. Al fin, tras un minuto o segundos que se dilatan, decidió hacer algo. Mirando al anciano le dijo: - Mire, señor, ya lo traerá mañana, no se preocupe.-
El anciano recogía una a una cada cosa de las que había dejado desperdigadas, parsimonioso y sin premura. Iba poniendo en la bolsa que la cajera le diera un par de cosas, toda su compra.

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