Sunday, February 18, 2007

Dulce y…

Tras aquel encuentro apasionado en el camino ella y él mantuvieron un largo romance.
Marcelo, que así se llamaba él, la lleno de alegría. Siempre que se encontraban ardía el fuego de amor y deseo.
Dulce cuando estaba sola y pensaba en él sentía el gorgoteo de su sangre que a trompicones la excitaba. Bastaba formularse su nombre, con eso bastaba. Húmeda como la escarcha del amanecer y turgente. No le era necesario manipular. Le bastaba cerrar sus ojos y pensarlo para sentirlo dentro y galopar.
Nunca se sabía por anticipado cuando se verían. Dejaron a la suerte los encuentros. No quedaban de hoy para mañana ni concretaban nada que no fuera dejarse llevar en el instante que les era dado.
Ella no padecía la angustia de si lo vería o no.
Llevaba su ritmo habitual. Él ya se dejaría ver y eso sería lo más.
Siguió con sus cosas, pero ahora todo el mundo giraba a su paso y se sentía mirada. Irradiaba aquello que sin saberse atrae al resto. Estaba enamorada. Se quedaba encandilada viendo el mundo que la rodeaba como si de nuevo delante de ella pasara. Amable y contenta. Los colores se vivificaban y ello aún le daba mayor impulso cuando caminaba.
Su mente vagaba. Tan lindo romance la tenía embargada.
A veces su mente le jugaba la mala pasada, temía perder el gusto por él.
Era en cualquier lugar, en cualquier momento que Marcelo asomaba y todo lo que ofuscara su mente perdía peso. A él se entregaba. Tocaba el cielo con la punta de los dedos y ello bastaba.
Así fueron pasando los días. Un mes tras otro.
Llegó el verano y decidieron hacer un viaje para conocerse mejor.
Hasta entonces no habían hablado de las cosas cotidianas, de lo práctico de las cosas.
Habían hablado de fantasías y sueños. Muchos recuerdos de infancia compartió con él.
Aquellas pesadillas que en la noche la asaltaran desaparecieron.
Allí fue, en aquel viaje, donde las cosas perdieron su ritmo. Nunca antes habían vivido juntos.
Estar a expensas del otro la traía por el camino de la amargura. Se había hecho a sí misma y, acostumbrada a no tener que conciliar con nadie los pasos que había de dar, le molestaba sobremanera la situación. Por otra parte era tanto lo que de él se daba en ella que le costaba pensarse de nuevo en un estar como el de antes. También sabía que los sueños no son dados a darse y él venía de un sueño hecho realidad. Amar era el verbo más de difícil de llevar a la realidad.

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Saturday, February 17, 2007

Dulce. Un relato… (y más)

Después del encuentro ella sintió la vergüenza de quien sin saberse dueño se deja llevar por ese impulso primero que todo lo conduce y que nadie desvela.
Pudiera creerse que había sido sometida sin más. Ella sabía que había consentido y que hay cosas que sin decirse funcionan así.
¿Cómo pues se había entregado sin siquiera mirarlo?
Todos los sentidos se habían abierto, sobre todo el del olfato. Como cualquier animal, había sentido el reclamo o quizás ella misma había emitido sobre el aire aromas que incitaran y llamaran a ese lance.
Recogida en sus brazos, plácidamente unida a él movía en su mente ideas vagas de remordimiento.
Ahora sí, le miraba a los ojos y se perdía en ellos como en una fuente de agua que borbotea.
Asida por la fuerza de los viriles brazos se siente segura, no duda.
Él es quien en sus sueños la cobija. ¿Cómo es que le es dado tan grato placer? ¿Cómo de sus sueños se viene acercando a su piel?
Que el sueño no es vida, que la vida sueño es. Desconcertada articula un gesto. Palabras no salen. Sonríe a su boca recogiendo un beso que él le provoca.

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Dulce. Un relato… (Continuación)

Iba distraída en sus ensoñaciones cuando de pronto se percató de que alguien la observaba.
Algo le hizo pensar en aquella sensación que en la noche la embargara.
Tembló sin saber por qué, y se mantuvo rígida en su paso pausado pero ya no relajado.
Él, sabía que era un hombre que tras ella andaba, seguía sus pasos de cerca.
Casi sentía un hilillo de aire que se posaba en su nuca.
Un escalofrío recorrió y templó su cuerpo.
Sintió un cosquilleo interno que le confundió.
Algo vislumbró desde las tripas y no desde el cerebro.
Algo sensual que abría su cuerpo.
Nunca antes se abriera.
Empezó a recordar el pasmo de ser atravesado por la daga, y supo que él era quien venía presto a darle aquel deleite que sin saber buscaba.
Supo que sería el encuentro que su alma vacía y perdida buscaba desde hacía tiempo.
Se sintió enamorada. No era necesario más, bastaba escuchar los ecos que desde sus sienes le dictaban que era él y no otro quien el destino le deparaba.
Sintió la fuerza del viento y el batir de la ola. Sintió mariposas locas que en su estómago cabrilleaban.
No miró a quien la tomaba y amaba. Ahora sí, sintió el gran empuje que por su parte virginal se introducía suavemente y decidido. Él la amaba y eso bastaba.
Perdió de vista el suelo, por el aire flotaba. Sentía venir su aliento en la cara. Abrazo fuerte la estrechaba. Chasquido estalló en su pecho. Alarido soltó su alma.
En sus brazos anhelante otra esbrencida esperaba. Gemía como una loba. Gritaba y lloraba.
Susurrole palabras dulces. Amante era y la tomaba.

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Dulce. Un relato…

Dulce se paseaba por un camino solitario. A decir de quien la viera era un personaje ambiguo.
De niño todo el mundo creía que era una niña y a él se referían como a tal.
He dicho la y no me equivoco. Después del claroscuro de la adolescencia decidió que el territorio de ellas era más fecundo y liberal. No había exigencias conforme a normas que a los hombres implicaban.
Sabía que había territorios donde podría medrar. Se creo un cubículo propicio a su libertad.
A veces, mientras dormía, un rayo gélido atravesaba su espinazo. Despertaba sin saber que imágenes habían obrado ese terror en la noche.
Tuvo amigos y amigas que llegaron a intimar con él/ella. Los hubo que magnificaron sus maneras femeninas y quienes le reclamaran tomara el camino de retorno a una identidad supuesta, la de la masculinidad.
Él fijo sus sentidos en soñarse y manifestarse tal cual. Que ni mujer ni hombre sería pero en la identificación su carnet de identidad era de varón. Solía vestir de esa manera que muchas lesbianas adoptan y en ese entorno nadie le miraba raro.
Sus facciones eran finas, sus dedos largos con unas uñas cortas bien cuidadas.
Se presentaba a la gente como dama. Tenía una sensibilidad que rezumaba por los poros de su piel.
Amantes los tenía. No añoraba funciones de esposa. Las esposas eran las otras. Aquellos con quien estuviera se aficionaron e hicieron adictos a su persona.
Con ellas era diferente. Normalmente se enredaba con lesbianas, aquellas que van de femeninas y coquetas. No tenía problemas.
De las artes amatorias intuía las maneras suficientes para llegar donde la otra quisiera. En el momento más íntimo sabía que no se le rechazaba. El enviste de su miembro viril, hermoso y turgente, se enfilaba en busca de la gema flameante que llamaba a su reclamo.
Ellas callaban frente a las que no sabían. No dudaban que era una buena prenda lo que él ocultaba y no sería a su favor andarse con la información no fuera que las otras, las puras, obraran en contra y se le hiciera boicot.
Entre los chicos de ambiente la cosa iba rodada. La sorpresa era que aunque aparentara maneras era dador y no receptor.

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Saturday, December 2, 2006

Airearse un poco

Salió de casa a hora temprana. En la calle se veía el rastro de las ovejas y corderos que habían pasado, esos restos de excrementos similares a aceitunas negras. O no desprendían mal olor o él estaba acostumbrado a ello. El ralente de la mañana era un frío que helaba los huesos. No tenía ropa de abrigo y ello le hizo acelerar el paso. Cruzó la plaza. La capa de hielo fino cubría el agua de la fuente. Algún charco sobre el suelo delataba que las ovejas habían bebido en ella. Recordaba que alguna vez así lo había visto mirando desde su ventana. El pastor era el propietario del rebaño, no se encontraba a nadie que quisiera hacer ese trabajo. Se lo habían propuesto al principio de la temporada, pero denegó la oferta. Muchas veces es mejor estar a cubierto y no por el monte. Los tiempos eran otros y no se hacía necesario sufrir tanto por un chusco de pan.
Cuando chico su padre los llevaba al monte a apacentar las ovejas. Sus pies mojados durante todo el día y sin poder quejarse.
Hoy su nieto está bien caliente en casa. No fue así en sus tiempos. Apenas se valían, su padre se los llevaba al monte para que aprendieran el oficio.
Ha salido de casa porque quiere dar un largo paseo para hacer gana para el almuerzo. En la casa todos estaban durmiendo. No se ha abrigado porque sabe que en el paseo entrará en calor y no quiere cargar con el tabardo. Ha cogido una bolsa de plástico porque aprovechará el paseo para coger algún caracol que otro. Recuerda que en otro tiempo salía de propio para coger caracoles y venderlos, se sacaba con ello una buena propina. Siempre ha sido muy activo. Cogía lombrices para pescar y vendía las que le quedaban, con ese beneficio compraba algunos aparejos para la pesca. Ahora se cansa. Sabe que no puede quedarse encerrado en casa que para seguir viviendo debe salir a la calle y respirar el aire. Airearse un poco.

Continuación:
A ventilarse. Había cogido el camino de Bureta. Abrió los pulmones, la sangre corría y se sentía contento de buena manera. La vida corría por piernas y brazos. Ese cansancio  le había marchado de golpe. Se sentía bien joven. Unas flores de cardo borriquero para hacer un ramo y ponerlo en la sala encima de la mesa o en otro sitio. Pilar le reñiría pero se lo pondría en un jarrón o bote cristal, de los del nescafé, como siempre hacía. Su mujer era de carácter seco pero en el fondo le dejaba hacer lo que él quería. Aunque a regañadientes él siempre se salía con la suya.
El cementerio, Campo Santo, dónde los huesos de Ana, su madre, descansan. No hay tumba que los guarde. Eran tiempos difíciles. Después de la guerra, miseria y compañía. Por falta de penicilina murió su madre de una infección. Unas lágrimas corren por su cara. Su madre.

UN RECUERDO A MI ABUELA QUE EL CIELO LA AMPARE
He narrado una posible realidad. Mi padre no puede hacer ese paseo porque se tuvo que ir del pueblo a la ciudad y ahora las circunstancias de la vida impiden que pueda vivir en la casa del pueblo ya que mi madre no puede subir y bajar escaleras.
Dice que de pequeño lo sacaron de casa a comer pan de aguces. Que su madre salía a verlo porque aunque tenía cama en casa le hacían dormir en la paja, en casa del amo.
Si la vida hubiera sido otra seguramente yo estaría arraigada y esta narración fuera real. Así yo me vine a Barcelona a añorar esa tierra y esperar fiestas y vacaciones y que un día, en la jubilación, pueda pasear por esos caminos y a la orilla de esos ríos de la tierra que me vio nacer.
 

 

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Thursday, November 23, 2006

ESPERANDO EL PRÓXIMO TREN, ESPERANDO QUE PASE.

Sentada sobre su maleta con el paraguas abierto espera el tren que ha de llegar para llevarla a alguna parte. Cae la lluvia pero ella no se guarece bajo el techado, la lluvia chispeando sobre el paraguas le hace sentir la vida que corre por sus venas. Es tal la ansiedad ante el viaje que no se siente capaz de encerrarse tras el cristal de una ventana y ver la vida pasar.
Tras esa ventana alguien la mira. Un hombre que leía un periódico de la tarde se percata de su presencia y sorprendido ante la figura femenina sentada bajo un paraguas se siente atraído de tal forma que por nada del mundo haría otro gesto que no fuera mirarla, admirarla. Una taza de café humea sobre un plato en la pequeña mesa en que está instalado.
El reloj, esfera blanca saeteado por dos saetas negras entre las tres y las cuatro. Ella mira su muñeca, inquieta juguetea con su zapato negro de tacón alto. Levanta la vista hacía el círculo del tiempo y remira en su muñeca. Parpadea y se arrebuja en su abrigo de paño gris azulado.
Él observa sus facciones detenidamente. Piensa en aquellas diosas del celuloide y la imagina protagonista de alguno de aquellos dramas en blanco y negro. Juguetea con su imaginación y se adjudica papeles y galanterías. Es tanto el deseo de aproximarse que empieza a maquinar una y mil formas de acercamiento. Se levanta y de nuevo se sienta pegado al cristal mirándola. 
Al poco ella se apercibe de que alguien la observa y sus artes de seducción se lanzan a la caza del hombre. Yergue su espalda y como quien no quiere la cosa se incorpora y se dirige al interior de la estación. Deja de interesarle el instante plácido que la retenía bajo la lluvia y se siente tentada por el juego de atracción y evasiva que del otro lado se propicia.
Él subyugado  por el magnetismo de esa figura que se aproxima no puede apartar la mirada y la sigue en cada uno de los movimientos. Ella entra y con su mirada recorre toda la estancia. Se sienta en una silla a una mesa que está desocupada. La camarera se acerca solicita con bolígrafo en mano y una libreta.
Él observa cada una de sus formas, las más imperceptibles se hacen visibles. No puede evitarlo, nada más podría captar su atención. Un hormigueo le recorre la nuca, un deseo.

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Wednesday, November 22, 2006

Se cruzó con ella

Se cruzó con ella, su cabeza dio con el suelo en un golpe seco. Él iba con su bicicleta intentando atravesar las calles y en ese tramo tomo la acera. Sin apenas darse cuenta topó con ella. Salía de una bocacalle oscura y le pilló de improviso. Intentó esquivar el golpe pero fue inevitable. Ese ruido del estallido de algo imperceptible al resto de los mortales le dejó anonadado, sin habla, con la quietud estática de quien no sabe que hacer. Dejó sobre el suelo su bicicleta y se acercó a ella. Una sonrisa y un reguerillo de sangre en la comisura de sus labios. Libido y asustado intentó animar aquel cuerpo inerte. La sangre salía de los caños de su nariz cual fuente a borbotones. Miró a todas partes esperando que alguien advertido de lo allí estaba sucediendo le echara una mano en aquel trance. A un lado y otro de la calle no había nadie. Buscó el móvil dentro de sus bolsillos, nervioso, y se llevó la mano a la frente en un acto de desesperación.
- ¡Luis!
- ¡Escucha, estoy entre Cerdeña y Xifré!
- He matado a alguien.
- Sí, ven enseguida.
- No, no hay nadie por aquí.
Al poco se oyeron unas sirenas, una ambulancia llegó al lugar y se hicieron cargo del cadáver tendido en el suelo.
Él sentado en el suelo con las manos en la cabeza miraba con esa mirada vacía de quien se ha perdido y no encuentra el camino de vuelta. A las voces que le rodean no les encuentra coherencia.
Por la mañana salió de casa con esa alegría matutina que a veces insufla la vida. El día había ido rodado y la vuelta a casa se prometía cálida y confortable. En un instante todo perdió su rumbo y ahora se siente el más miserable de los humanos. Él que no mataría una mosca, que siempre ha mediado en los conflictos y trifulcas. Esta situación fortuita marca el infortunio que se cierne para siempre en su vida. Ha sido causa de la muerte y la mira a ella cubierta por un tejido plateado o dorado, no sabe. La percepción se acentúa, sus pupilas se dilatan y la lengua torpe no articula palabra.
- ¡Hola, Jordi!
No responde al saludo de alguien que le abraza e intenta sacarlo del oscuro abismo en que se encuentra. Siente ese hola como algo lejano y ajeno.
- ¡Jordi, por dios, escucha!
- Venga, hombre, levanta.
Con suavidad lo coge del brazo y tratándolo como si de un niño se tratara consigue que se incorpore.
- Mírame, soy Luis.
- Recuerda, me has llamado hace un rato. Ya se hacen cargo de ella, no te preocupes.
De pronto, bruscamente, Jordi se desembaraza de los brazos de Jordi y sale a ninguna parte, en el acto queda reducido a la más profunda de las tristezas. Dos enfermeros lo contienen en su intento y alguien inyecta algo que entra por sus venas y le devuelve a la nada.
     
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Tuesday, November 21, 2006

Quítate la máscara…

Quítate la máscara cuando salgas de casa si quieres que el mundo sepa que estás.

Le encantaba andar metiendo las narices por aquí y por allá. Se lo pasaba bien haciéndolo aunque le pareciera que nadie se parara en ello. Tenía la sensación de destaparse ante nadie lo que era lo mismo que mirarse en el espejo el cuerpo desnudo sin que nadie desde otro lado ni de reojo lo viera.
A veces se veía invisible para los demás, otras se sorprendía del agasajo y el detalle recibido. Nunca supo encajar la amabilidad que le llegaba. Se sentía más segura en la distancia. En las proximidades se sentía perdida. El soliloquio y la soledad no eran duros para su persona, al contrario, le suponía gran esfuerzo haber de seguir las pautas relacionales y la ansiedad que acumulaba incluso llegaba a provocarle vómitos y otras adversidades. En su entorno nadie se apercibía de esa falta de gusto por estar acompañada. Desconocían de ella la vida que llevaba. A veces locuaz explicaba mil anécdotas que no sabían se inventaba para entrar en el ruedo de vez en cuando. Había aprendido que el grupo debía recibir, de vez en cuando, esta dádiva para no pasar por rara o extraña. En cabeza ajena conocía lo dura que podía ser la convivencia con aquellos seres gregarios. Recordaba como ella, su amiga de otro tiempo, había caído por esa pendiente y ella supo encontrar disfraces que le ocultaran a los ojos ajenos.    
Tenía sus miedos. Los médicos que le atendían barajaban posibles que le preocupaban sobremanera. No sabían dar respuesta a lo que acontecía y la duda se volvió menos mala que la búsqueda que se daba. Se lanzó a nuevas sensaciones para no perderse en sus miedos. Ello fue el peor de los males. Ya hubo un tiempo en que alguien le dijera que las escapadas hacia delante no hacen otra cosa que empeorar las cosas. A pesar de darse cuenta siguió en ello porque le pareció reportaba algún beneficio al cuerpo y al alma. Que había recuerdos que no recuperaba. Horas e incluso días. De pronto, en algún momento del día pequeños chispazos de memoria le devolvían imágenes oscuras de calles vacías y gritos en la noche.
- No se sabe pero parece que se están produciendo unos crímenes de los que dicen en serie. Siempre se encuentra la víctima con el cuello roto y desangrada, bañada en su propia sangre.
- ¿Habéis oído la radio?
- Sí, parece que se están dando algunos crímenes en la ciudad.
- Mucho sensacionalismo.
- Eso.
- …
Esta conversación se siente en la calle, por todas partes. La gente habla en voz alta, casi a gritos al parecer de ella. Ese bullicio le molesta, tanto o más que el de los coches y autobuses que pasan por la calzada. Al darse cuenta de que todo eso le molesta decide respirar hondo y seguir sin prestar demasiada atención a las voces discordes que se cruzan a su paso.
Hay inquietud en los pasillos del metro, la gente desconfía de los extraños.
Ella reflexiona y sigue en lo suyo. Se sienta y lee un libro que lleva en sus manos.
Ante tanta inquietud se relaja y piensa que no será para tanto. Que a veces la prensa infla las noticias por puro sensacionalismo. Que seguramente se debe tratar de un par de casos y que de aquí a un par de días ya no se hablará del tema. Que seguramente habrá otras calamidades para la prensa voraz.

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Wednesday, November 15, 2006

De cómo se vuela sin alas

Que se lo cuenten a ella que de tanto barro en los pies alas le vuelan al viento y sin querer.

Recuerdo a esa mujer viuda apagada y sin vida. No era por falta de hombre. Tranquila de no estar a su orden. Era el vacío que queda cuando alguien que oprimía suelta cuerda. Al principio no se sabe que hacer con ella, el cabo queda suelto y nadie tira de ti. Murió el verdugo. Son más las viudas, a pesar de machacadas les sobreviven en muchos casos.

Hoy la veo rejuvenecida. Se apunta a todos los bailes y fiestas. Tiene su grupo de amigas. Ha cerrado las puertas al campo y se ha ido a la ciudad. La gente, que desconoce, dice de ella “Pobrecita”. Ella se lamenta y dice “Que Dios le tenga en lo alto y nos espere muchos años”

Meriendas en la Granja Anita, chocolate con nata y churros. Del colesterol, con la pastilla, ni preocuparse. Ha dejado el luto de rigor y viste nuevo traje. Mira a su alrededor y nada le parece mal. Se alegra por la juventud que ve que tiene libertad. Que critican a fulana que se ha alejado de casa ella dice por lo bajo “Por algo será, si lo ha hecho muy bien hecho”. Piensa para sus adentros “Si yo hablara, pero no hablo, ya vale de amarguras que para una vida que tienes mejor sacarle jugo”. Ríe y goza y en la noche de él ni se acuerda y duerme a pierna suelta. se apunta a todos los viajes y el ‘aquagim’ que la deja como una rosa. Se arregla y se enjoya. Dicen que los culebrones son comecocos, “No te ralles”, que dicen los más jóvenes. Se lo pasa en grande siguiendo los melodramas. Y el diario de Patricia es para pasárselo en grande. Que le han de contar a ella. Mucho más divertido que los tostones de antes. De labores ni hablarlo, ya las hizo antes. Se ha juntado en el rincón net de Ibercaja con una cuadrilla de gente, jóvenes y menos jóvenes. Le han enseñado a navegar por la web y se lo pasa en grande, sobretodo con el chat. Unos ligoteos que no veas y sin tocarse que da más juego y disfrute. Arrimarse, ya no hay necesidad.

 

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Del que digan tanto da.

Murió el esposo y tú viuda. Liberaste de cadenas. Los años que por delante te permitan recobrar.

Las jóvenes de hoy en día eligen a quién les va y si se equivocan son ellas y nadie más.
Que tú tenías posibles de ser madre y esposa y si así no hubiera sido en la casa de tiona.
Los tiones eran solteros que aportaban su trabajo a los afanes solariegos.
Las tionas se cuidaban de hijos de ‘otri’, tu decías, que para lavar y fregar, cazolear y remendar mejor de casa tuya.
Entraste a casa del hombre casa que todo ha de tener. Desvalijada la hallaste, menos mal que tu llevaste aquello que había de ser.
Ropas de casa y dormitorio.
Cogiste un buen marido. Cuidado que aprendiste pronto, en cabeza ajena, que la contraria no era posible llevar al hombre de la casa. Agachabas la cabeza y a todo ‘Amén’.
Las labores de la casa apagaban deseos y sueños.
De día amanecía temprano y tareas a destajo. La noche llegaba con hora y justo para rehacerse de cansancios y de nuevo a empezar la rueda, pesada como piedra de molino.
Abrirse de piernas y dejarse hacer. Que la mujer no debe manifestar placer.
Las jóvenes de hoy en día que distinto menester. Qué voz tan alta levantan y reclaman su parcela. Tú sabías que callando, así, cada noche y cada día.
El orgullo de hacer lo que toca y a tiempo. La casa como una patena, a decir de la madre.
La mujer que haga gozo, bien escoscada y ‘ojo’, que descarada no ha de ser. Descarada es quien habla dando opinión que no toca. La que dice ‘peros’ y ‘ayes’. De nada hay que quejarse.
Los hijos bienvenidos, recibidos, han de ser. No cuestionas si así lo deseas. Toca ser útil y dejar nueva sangre para cuando en la ancianidad ellos se hagan cargo de ti.
Los hijos para el marido, que se cuiden de las tierras y el ganado, más brazos para trabajar.
Las hijas para cuidarse de seguir la senda que tu puedas marcar.
Son futuro y continuidad.
No quieres ser mujer seca, de las que no son capaces de dar hijos.
No quieres sentirte inútil. Que nadie ponga en duda la ‘hombría’ de tu hombre.
La suegra gobierna en todo y tú ‘Amén’.
Cuesta tenerla contenta, recelosa de ti, no da oportunidad.
Los años van coronando, con espinas.
Cuando toca cuidarse de ellos todos cuentan con tu habilidad.
A nadie le importa que sientas un profundo dolor que te ahoga.
A nadie, pues como humilde mujer has de aceptar lo que te toca.
Exigencias y reproches.
Empiezas a perder gracia y ves como miradas furtivas de tu hombre se dirigen hacía otras.
Palabras mínimas, las justas.
Sola te sientes, entre extraños.
No te ubicas ni en pasado.
Que mal hiciste para contar tan poco.
Se pone en duda tu honra.
Honra que nadie ha cuidado.
Objeto de agravio y reniego.
Solos en la casa. Tu marido ocupado salió al monte a apacentar el ganado y tu suegro sobrado de fuerzas arrimose en la cadiera. Voluntad, qué voluntad podía frenar el embiste. Lágrimas silenciosas, consintiendo. Fue brutal. “‘Chitón”, dijo tu suegro. Muchas veces sucedió. Como un perro.
Triste soledad y culpa. De que mal se me condena si no me es posible decir que no ni que sí.
Esos hijos que has tenido, ellos solos han venido. Que de quien, pues mire usted, señor cura, sólo míos.
El cura se santiguaba y decía “¡Ave María!”.
Condenada por ser tentación para los hombres María se persignaba.
Al final desiste de abrir su pecho. Se lo guarda y no lo cuenta. Con el tiempo ni lo nota.
Pasados los años su suegro chochea y su marido se muere. María deja al abuelo en una Residencia y se lanza a bailes y viajes, de los del Inserso.
Poco a poco remoza y gana en lozanía. A los hombres que la cortejan poco caso les hace.
María se despierta día a día y decide dar rumbo a su vida. Inventa cada nuevo día.
Los hijos casados y ella sola se ha quedado. Vende tierras, casa y ganado. Toda la hacienda le ha dado para bien bailarlo.

DEDICADO A LAS MUJERES QUE ME HAN DEJADO RASTROS DE ESPERANZA

Anna, 13 de noviembre de 2006

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