En el ángulo oscuro de su mente estaba ella. Seguía su rastro, como perro de caza usaba el olfato.
Sangre, quería sangre. No la que como líquido elemento alimenta la carne. Quería su alma. Seguía sus pasos a través de la nada.
Él nunca antes había sentido aquel golpe frío que ataca en la sien.
Por ella lo hizo. Construyo un enjambre de ideas perdidas. Preparó su trampa. Esperanza, esa era la traza.
Ella no salía. Seguro se olía la treta trazada. De amores y goces la vida regala. Ave de un día. Renace la calma. La vida se aviva. De aquella llama ahogada resurge con ímpetu y reclama su aliento.
Él quisiera, quiere, abarcarla. Acaso el aire del viento se guarda en frascos de formol para un relicario o viejo recuerdo, pues no. Así es ella, es viento y reflejo. Como el de la Luna que en la noche se baña junto a la cuna del hombre que quiere volver al grato cobijo de vientre naciente de la primigenia mater, animus mundi suum.
